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viernes, 19 de agosto de 2011

El elefante encadenado


Cuando era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Sobre todo, me llamaba la atención el elefante.

Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de su tamaño, peso y fuerza descomunal; pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto a una pequeña estaca clavada en el suelo por una cadena que aprisionaba una de sus patas.

La estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros, y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal, capaz de arrancar un árbol de cuajo, podría arrancar la estaca con facilidad y huir.

¿Qué lo mantenía prisionero entonces? ¿Por qué no huía?

Cuando tenía 5 ó 6 años yo todavía creía en la sabiduría de los grandes, así que pregunté a algún maestro, a algún padre o a algún tío por el misterio del elefante. Alguien me dijo que el elefante no escapaba porque estaba amaestrado.

Hice entonces la pregunta obvia: Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?

No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.

Con el tiempo me olvide del misterio del elefante y la estaca... Sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

Hace algunos años me encontré con alguien que había encontrado la respuesta y me la contó:
El elefante del circo no se escapa – me dijo - porque ha estado atado a una estaca parecida desde muy, muy pequeño. En esos días, el elefantito empujó, tiró, sudó y se esforzó al máximo para soltarse, pero no pudo. En esos días la estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía... Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Este elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no se escapa porque cree -pobre- que NO PUEDE.

Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez.

Así somos también las personas: limitamos nuestro presente por las experiencias de nuestro pasado.

Jorge Bucay

jueves, 11 de agosto de 2011

La niña que le enseñó a Jesús


Tomado de  El Evangelio Acuario de Jesús el Cristo / Dowling Levi H.


Ahora se abrió para Jesús el curso superior de estudio, y Jesús entró y llegó a ser discípulo privado del Hierofante.

Aprendió los secretos de la ciencia mística de la tierra de Egipto; los misterios de la vida y de la muerte y de los mundos más allá del Círculo del Sol.

Cuando hubo concluido los estudios todos del curso superior, fue a la Cámara de la Muerte, para que pueda aprender los métodos antiguos de conservar de la decadencia los cuerpos de los muertos; y allí trabajó.

Y los acarreadores trajeron el cuerpo del hijo único de una viuda, para que fuera embalsamado; la madre le seguía de cerca llorando; su pesar era grande.

Y Jesús dijo: Buena mujer, seca tus lágrimas; no estás siguiendo sino una caja vacía; tu hijo no está en ella.

Lloras porque tu hijo ha muerto. Muerte es una palabra cruel; y tu hijo nunca puede morir. Tuvo una tarea que hacer en forma corpórea; vino; la hizo y entonces dejó a un lado la carne; no la necesitaba más.

Más allá de lo que tu ojo humano puede ver, tiene otro trabajo que hacer, y lo hará bien, y entonces pasará a otras tareas y, a su tiempo, adquirirá la corona de la vida perfecta. Y lo que tu hijo ha hecho, y lo que tú también tienes todavía que hacer, todos nosotros tendremos que hacerlo.

Ahora bien, si tú albergas pesares y das rienda suelta a tus tristezas, ellos crecerán cada día más grandes. Absorberán tu vida hasta que al final no serás nada sino pesares humedecidos con lágrimas amargas. En lugar de ayudarlo, con tu dolor profundo estás apesadumbrando a tu hijo. El busca tu solaz como siempre lo ha buscado; está contento cuando tú estás contenta; está triste cuando estás triste.

Entierra pues tus aflicciones, sonríe al pesar, y piérdete a ti misma ayudando a secar las lágrimas de los demás.

Al cumplir un deber conquistamos felicidad y goce; la alegría tonifica los corazones de los que se han ido.

La madre gemebunda se volteó y se fue a buscar felicidad ayudando a otros a enterrar hondamente sus pesares en un ministerio de goce.

Y otros acarreadores entraron y trajeron el cuerpo de una madre a la Cámara de la Muerte; sólo una doliente la seguía: una niña de tiernos años.

Y al acercarse el cortejo a la puerta, la niña notó un pájaro herido que estaba en grande calamidad: un cazador cruel le había traspasado el pecho.

Y la niña dejó a la muerte y se fue a auxiliar al pájaro vivo. Con amor y ternura estrechó contra su seno el pájaro herido; entonces corrió a ocupar su lugar.

Y Jesús le dijo: ¿Por qué dejas a tu muerta para salvar un pájaro herido?

La niña contestó. Este cuerpo sin vida ya no requiere mi ayuda; pero sí puedo ayudar a lo que todavía tiene vida; mi madre así me lo enseñó. Mi madre me enseñó que el pesar y el amor egoísta, y las esperanzas y los miedos no son sino reflejos del ego inferior. Que lo que percibimos en sensación no son sino pequeñas olas de la marejada de la vida, las cuales pasarán porque no son reales. Las lágrimas proceden de corazones carnales; el espíritu nunca llora; y yo ansío el día en que caminaré en luz, habiéndose secado todas mis lágrimas.

Mi madre me enseñó que todas las emociones son asperjes que proceden de amores, esperanzas y miedos humanos; que la verdadera rectitud no puede ser nuestra hasta que las hayamos controlado.

Y en la presencia de esta niña Jesús dobló reverente la cabeza y dijo: Por días, meses y años he buscado dónde aprender la más alta verdad que el hombre puede aprender en la Tierra, y he aquí que una niña recién salida de la tierra me la ha dicho toda en cortas palabras. No me maravilla pues que David haya dicho: Oh Señor, nuestro Señor, cuán excelente es tu nombre en toda la Tierra. De las bocas de los niños y de los que aún maman has ordenado fortaleza.

Y entonces colocó la mano sobre la cabeza de la niña y dijo: Estoy seguro de que las bendiciones de mi Padre—Dios descansarán sobre ti, niñita, por siempre.

¿Quieres conocer a Dios?


Por Anthony de Mello

El Maestro impartía su enseñanza:

«El genio de un compositor se halla en las notas de su música; pero analizar las notas no sirve para revelar su genio. La grandeza del poeta se encierra en sus palabras; pero el estudio de éstas no revela su inspiración. Dios se revela en la creación; pero, por mucho que escudriñes la creación, no encontrarás a Dios, del mismo modo que no descubrirás el alma por mucho que examines el cuerpo».

Llegado el momento del diálogo, alguien preguntó:

«Entonces, ¿cómo podemos encontrar a Dios?»

«Mirando la creación, no analizándola», respondió el maestro.

«¿Y cómo hay que mirarla?»

«Si un labrador intenta buscar la belleza en una puesta de sol, lo único que descubrirá será el sol, las nubes, el cielo y el horizonte de la tierra. . . mientras no comprendas que la belleza no es una 'cosa' sino una forma especial de mirar, buscarás a Dios en vano, mientras no comprendas que a Dios no se le puede ver como una 'cosa' , sino que requiere una forma especial de mirar. . . semejante a la del niño, cuya visión no está deformada por doctrinas y creencias prefabricadas».

El padre de uno de los discípulos -de una discípula, concretamente - irrumpió en el recinto donde se hallaba el Maestro impartiendo su enseñanza.

Ignorando a todos los presentes, el individuo le gritó a su hija:

«Has dejado una carrera universitaria para sentarte a los pies de este loco! ¿y qué es lo que te ha enseñado?».

La muchacha se levantó y, con toda tranquilidad, condujo a su padre afuera y le dijo:

«Estar con él me ha enseñado lo que nunca podría enseñarme ninguna universidad: a no tenerte miedo ni dejarme impresionar por tu vergonzoso comportamiento».

Parábola china


Por:  Hermann Hesse

Un anciano llamado Chunglang, que quiere decir «Maese La Roca», tenía una pequeña propiedad en la montaña. Sucedió cierto día que se le escapó uno de sus caballos y los vecinos se acercaron a manifestarle su condolencia.

Sin embargo el anciano replicó:

-¡Quién sabe si eso ha sido una desgracia!

Y hete aquí que varios días después el caballo regresó, y traía consigo toda una manada de caballos cimarrones. De nuevo se presentaron los vecinos y lo felicitaron por su buena suerte.
Pero el viejo de la montaña les dijo:

-¡Quién sabe si eso ha sido un suceso afortunado!

Como tenían tantos caballos, el hijo del anciano se aficionó a montarlos, pero un día se cayó y se rompió una pierna. Otra vez los vecinos fueron a darle el pésame, y nuevamente les replicó el viejo:

-¡Quién sabe si eso ha sido una desgracia!

Al año siguiente se presentaron en la montaña los comisionados de «los Varas Largas». Reclutaban jóvenes fuertes para mensajeros del emperador y para llevar su litera. Al hijo del anciano, que todavía estaba impedido de la pierna, no se lo llevaron.

Chunglang sonreía.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Las tres rejas


El joven discípulo de un filósofo sabio lo visita y le dice:

- Maestro, un amigo tuyo estuvo hablando mal de ti.

- ¡Espera! lo interrumpe el filósofo ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?

- ¿Las tres rejas? –preguntó el discípulo-

- Sí. La primera es la VERDAD. ¿Estás seguro de que lo que me vas a contar es absolutamente cierto?

- No. Lo oí comentar a unos vecinos.

- Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la BONDAD. ¿Es bueno para alguien lo que me vas a contar?

- No, en realidad no. Al contrario...

- La última reja es la NECESIDAD ¿Es necesario hacerme saber lo que tanto te inquieta?

- A decir verdad, no.

- Entonces, dijo el sabio sonriendo, si no es VERDADERO, ni BUENO, ni NECESARIO, sepultémoslo en el olvido.

La media cobija


Don Roque era ya un anciano cuando murió su esposa. Durante muchos años había trabajado con ahínco para sacar adelante a su familia y ver a su hijo convertido en un hombre de bien.

A los 70 años Don Roque se encontraba sin fuerzas, sin esperanzas, solo y lleno de recuerdos.

Esperaba que su hijo, brillante profesional, le ofreciera su apoyo y comprensión, pero veía pasar los días sin que éste apareciera y decidió, por primera vez en su vida, pedirle un favor.

Don Roque tocó la puerta de la casa donde vivía su hijo con su familia.

- ¡Hola papá! ¡Qué milagro que vienes por aquí!

- Ya sabes que no me gusta molestarte, pero me siento muy solo, cansado y viejo.

- Pues a nosotros nos da mucho gusto que vengas a visitarnos, ya sabes que esta es tu casa.

- Gracias hijo, sabía que podía contar contigo, pero temía ser un estorbo. Entonces ¿no te molestaría que me quedara a vivir con ustedes?

 ¿Quedarte a vivir aquí?, sí... claro... pero no sé si estarías a gusto. Tú sabes, la casa es chica, mi esposa es muy especial...y luego los niños.

- Mira hijo, si te causo muchas molestias olvídalo, no te preocupes por mí, alguien me tenderá la mano.

- No, padre, no es eso, sólo que... no se me ocurre dónde podrías dormir. No puedo sacar a nadie de su cuarto, mis hijos no me lo perdonarían... o sólo que no te moleste dormir en el patio...

- ¿Dormir en el patio? Está bien.

El hijo de Don Roque llamó a su hijo Luis de 12 años:

- Dime papá.

- Mira hijo, tu abuelo se quedará a vivir con nosotros. Tráele una cobija para que se cubra en la noche.

- Sí, con gusto papá... ¿y dónde va a dormir?

- En el patio, no quiere que nos incomodemos por su culpa.

Luis subió por la cobija, tomó unas tijeras y la cortó en dos partes.

En ese momento llegó su padre:

- ¿Qué haces Luis? ¿Por qué cortas la manta de tu abuelo?

- Sabes papá, estaba pensando...

- ¿Pensando qué?

- En guardar la mitad de la cobija para cuando tú seas viejo y vayas a vivir a mi casa.

El buscador


Por: Jorge Bucay

Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como un buscador.

Un buscador es alguien que busca, no necesariamente alguien que encuentra. Tampoco es alguien que sabe lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.

Un día, un buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir.

Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, finalmente divisó la ciudad.  Poco antes de llegar, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras. La rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada… Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar y sucumbió ante la tentación de descansar allí.

El buscador cruzó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas distribuidas entre los árboles hasta que una inscripción sobre una de las piedras llamó su atención, decía:… “Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”. Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra: era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar… Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Se acercó entonces a leerla. Decía: “Llamar  Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”. El buscador se sintió terriblemente conmocionado.  Ese hermoso lugar era un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto, pero lo que más le horrorizó fue comprobar que quien más tiempo había vivido apenas sobrepasaba 11 años. Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar. El cuidador del cementerio pasaba por ahí y se acercó, lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

 - No, ningún familiar – dijo el buscador - ¿Qué  pasa con este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente que los ha obligado a construir un cementerio de niños?

 El anciano sonrió y dijo: Puede usted serenarse, no hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré: cuando un joven cumple 15 años sus padres le regalan una libreta como ésta que tengo aquí, colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella: a la izquierda qué fue lo disfrutado…, a la derecha, cuánto tiempo duró ese gozo. ¿Conoció a su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?…¿Una semana?, ¿dos?, ¿tres semanas y media?… Y después… la emoción del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿El minuto y medio del beso?, ¿Dos días?, ¿Una semana? … ¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo? …, ¿y el casamiento de los amigos…?, ¿y el viaje más deseado…?, ¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano…?¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones?… ¿horas?, ¿días?… Así vamos anotando en la libreta cada momento. Cuando alguien se muere es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba. Porque ése es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido. 

Diálogo con Dios


Por: Facundo Cabral
Dios tomó forma de mendigo y bajó al pueblo. Buscó la casa del zapatero y le dijo: “Hermano, soy muy pobre, no tengo una sola moneda en la bolsa, estas son mis únicas sandalias así que, si me hicieras el favor de componerlas…”.
-         El zapatero dijo: “Estoy cansado de que todos vengan a pedir y nadie a dar”.

-         El Señor le respondió: “Hermano, yo puedo darte lo que tú necesitas”. 

-         El zapatero, desconfiado viendo un mendigo, le preguntó: “¿Tú podrías darme el millón de dólares que necesito para ser feliz?”

-         El Señor le dijo: “Yo puedo darte 10 veces más que eso, pero a cambio de algo”.

-         El zapatero preguntó: “¿A cambio de qué?”.

-         “A cambioooo… A cambio de tus piernas…”.

-         El zapatero respondió: “¿Para qué quiero yo 10 millones de dólares si no voy a poder caminar?”.

-         Entonces el Señor le dijo: “Puedo darte cien millones de dólares a cambiooooo… De tus brazos”.

-         El zapatero respondió: “¿Para qué quiero yo cien millones de dólares si ni siquiera voy a poder comer solo”.

-         Entonces el Señor dijo: “Bueno… Puedo darte mil millones de dólares a cambio de tus ojos”.

-         El zapatero pensó un poco y respondió: “¿Para qué quiero yo mil millones de dólares si no voy a poder ver a mi mujer, a mis hijos, a mis amigos?”.

-         Entonces, el Señor le dijo: “Ah, hermano, hermano… Qué fortuna tienes… Y no te das cuenta”.

La ejecución


Por: Hermann Hesse

En su peregrinación, el maestro y algunos de sus discípulos bajaron de la montaña al llano y se encaminaron hacia las murallas de la gran ciudad. Ante la puerta se había congregado una gran muchedumbre. Cuando se hallaron más cerca vieron un cadalso levantado y los verdugos ocupados en llevar a rastras hacia el tajo a un individuo ya muy debilitado por el calabozo y los tormentos.

La plebe se agolpaba alrededor del espectáculo. Hacían mofa del reo y le escupían, movían bulla y esperaban con impaciencia la decapitación.

-¿Quién será y qué delitos habrá perpetrado -se preguntaban unos a otros los discípulos- para que la multitud desee su muerte con tanto afán? Aquí no se ve a nadie que manifieste compasión ni que llore.

-Supongo que será un hereje -dijo el maestro con tristeza.

Siguieron acercándose, y cuando se vieron confundidos con el gentío los discípulos preguntaron a izquierda y derecha quién era y qué crímenes había cometido el que en aquellos momentos se arrodillaba frente al tajo.

-Es un hereje -decía la gente muy indignada-. ¡Hola! ¡Ahora inclina su cabeza condenada! ¡Acabemos de una vez! En verdad ese perro quiso enseñarnos que la ciudad del Paraíso tiene sólo dos puertas, ¡cuando a todos nosotros nos consta perfectamente que las puertas son doce!

Asombrados, los discípulos se reunieron alrededor del maestro y le preguntaron:

-¿Cómo lo adivinaste, maestro?

Él sonrió y, mientras echaba de nuevo a andar, dijo en voz baja:

-No ha sido difícil. Si fuese un asesino, o un bandolero o cualquier otra especie de criminal, habríamos visto entre las gentes del pueblo pena y compasión. Muchos llorarían y algunos hasta pondrían el grito en el cielo proclamando su inocencia…

Al que tiene una creencia diferente, en cambio, se le puede sacrificar y echar su cadáver a los perros sin que el pueblo se inmute.