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domingo, 14 de agosto de 2011

La pareja humana: Inhumanas diferencias


Por: Onán Huamán / psicoterapeuta naturista
Como se sabe, el hombre es un ser simple, capaz de tropezarse todos los días con el mismo bache o incluso contraer matrimonio más de una vez (que es más grave, porque en el primer caso por lo menos nadie resulta herido de consideración).
La mujer, en cambio, posee una capacidad de análisis y procesamiento de información que dejaría estupefacta a la más avanzada computadora de la NASA, por lo cual puede reaccionar ante un mismo estímulo en cientos de modos diferentes y excluyentes entre sí, que oscilan desde las comprensibles (que son las menos) hasta las increíbles (la abrumadora mayoría), es decir aquellas que no podrían desenmarañar ni un batallón de psicólogos.
Estas últimas constituyen lo que se llama el Instinto Femenino, también conocido como Sexto Sentido, o sea su habilidad de actuar contra toda forma de lógica conocida y tener siempre la razón.
A pesar de lo que pudiera pensarse, tamaña verdad no perturba al hombre. En primer lugar porque no la entiende y, en segundo, porque,  por tratarse de un ser elemental, para ser feliz el hombre  sólo requiere satisfacer sus necesidades básicas, que son: comer, dormir y reproducirse.
En cuanto a comer y dormir no hay problema, pues desde que caminaba en cuatro patas y compartía su domicilio con otros animales de menor tamaño el hombre estuvo especialmente dotado para ambas actividades, al extremo que hoy su estilo es el mismo que lucía hace 100 mil años y que seguramente seguirá luciendo en el año 3 mil.
Es en el tema de la reproducción donde surge la dificultad, pues para que su mecánica funcione a niveles psicodélicos se requiere la participación armónica de los dos, lo cual no implica –como piensan muchos hombres- que la mujer apoye en el asunto de bajarles los pantalones sino que ambos estén sintonizados en la misma frecuencia sexual, de modo que puedan interpretar a dúo la sinfonía del colchón.
Esto atañe sobre todo al hombre, quien por lo general cree que el sexo es un concierto solista, donde él no sólo es el dueño del instrumento sino que, además, tiene carta blanca para tocarlo cuando le dé la gana.
En Crónicas de Contempo somos conscientes de que estas innovadoras teorías serían difíciles de aceptar sin un contundente basamento científico, por lo cual ofrecemos algunas pruebas de las irreconciliables diferencias entre hombres y mujeres comparando sus comportamientos frente a estímulos concretos como:
LA ROPA
Salvo el caso de los metrosexuales (varones de una subespecie limítrofe con la de los cosmetólogos), un hombre sólo visita una tienda de ropa cuando la suya se cae a pedazos o puede competir con la de un vagabundo profesional.
Puesto en estas circunstancias –y ya en la tienda- para renovar su ajuar al hombre convencional le bastan cinco minutos, que es lo que le toma pagar el jean y los tres polos que tomó del primer escaparate que encontró.
Para una mujer, en cambio, la visita a una “boutique” no se relaciona necesariamente con la cantidad o calidad de su guardarropa sino con los vaivenes de la moda, que de un día para el otro puede convertir en cachivaches a sus mejores prendas (muchas de las cuales no tuvo tiempo de estrenar), que pasarán a la categoría de trapeadores hasta que se pongan de moda otra vez y deba comprarlas nuevamente.
Ahora, una mujer tampoco visita cualquier tienda sino “la” tienda, es decir aquella que encontró luego de varias horas de acuciosa búsqueda en pos del establecimiento que no sólo tenga lo último en ropa y accesorios sino que, además, satisfaga otras exigencias, como que su mercadería sea barata y, sobre todo, que parezca original, así se trate de lencería fina “Leomissia”.
Ya dentro del establecimiento, una mujer puede pasarse tranquilamente dos horas escogiendo un miserable calzón, no sólo por la catarata de variables que intervienen en su criterio de selección sino porque además debe analizar el comportamiento de las demás compradoras respecto de la susodicha tanga con el fin de no “comprar algo que todas tienen” y, además, para evitar ser sorprendida por alguna amiga adquiriendo ropa de baja estofa que luego planea hacer pasar por original.
Ya en casa y frente al espejo, la mujer convencional llegará a la lamentable conclusión de que se equivocó en la mitad de sus compras, que la ropa pegada ya no le queda como antes, que está gorda y que su vida es un desastre.
EL CINE
Para el hombre el cine es un lugar a donde acude modestamente a ver películas, comer algo (si tiene plata) o (si tiene la oportunidad) echarle mano a algún asunto de su interés, que casi siempre se encuentra metido bajo la ropa de su pareja.
En cuanto al filme, mientras incluya balazos, explosiones y mujeres apetitosas será perfecto, así la trama (¿?) se desarrolle en la Galaxia de Andrómeda y el filme esté hablado en ruso y subtitulado en alemán.
Por su parte, para la mujer el espectáculo del cine se inicia a la entrada del mismo, donde siempre puede encontrarse con alguna amiga con la cual conversar acerca de temas trascendentes que sus insensibles parejas (que a esa hora sudan como caballos en la cola para comprar las entradas) no saben apreciar, tales como la vida de los demás, noticias de los personajes de sociedad o la farándula (a la cual ellas no pertenecen ni pertenecerán jamás) o la importancia de contraer matrimonio antes de ser atropelladas por el calendario.
En lo que respecta a la película, una mujer sólo es capaz de disfrutarla cabalmente si tiene como leit motiv al amor en cualquiera de sus variantes, particularmente el amor romántico, por el cual ellas sienten particular inclinación debido a su tendencia a identificarse con la protagonista, así ésta viva en New York y ellas en San Andrés.
Sobre la historia en sí, ésta debe desarrollarse en el planeta Tierra, en esta dimensión y en tiempo presente, pues para la mujer convencional cualquier variación espacio-temporal o ingrediente ficcional de difícil digestión intelectual convertirá la película en un potente somnífero. Esto siempre y cuando el protagonista no sea el galán de moda, porque si lo es la cosa cambia y la mujer sí será capaz de disfrutar el filme, aunque no lo entienda.
LA JUERGA
Acerca de la juerga (reunión cuyo único fin es la licuefacción hepática y cerebral de los participantes), la diferencia básica entre los sexos radica en el motivo de la atracción que ejerce para unos y otras.
Para el hombre la juerga es (al igual que sus aventuras amorosas) el equivalente a una raspadilla, es decir algo que puede disfrutar cuando le plazca, debido que para ello sólo requiere de otro hombre (para la juerga, no para sus aventuras) con el cual compartir el trago, pues a diferencia de otras actividades que puede realizar de modo unilateral (entre éstas el sexo), para un hombre la idea de divertirse de a uno es una aberración, pues no tendría con quién alardear de sus conquistas imaginarias.
A la mujer, en cambio, la juerga le resulta irresistible debido al baile, actividad capaz de ejercer sobre la psique femenina una fascinación tan grande como aquella de la flauta sobre las serpientes, así la gran mayoría de ellas sean (al igual que los mencionados ofidios) completamente sordas para la música (y sus parejas).
Existen algunas mujeres (95%, más o menos) que combinan las tendencias masculinas (el trago) y femeninas (el baile) de disfrute juerguístico, lo cual trae como resultado novedosas danzas cuya descripción está más allá del alcance de las letras, la antropología, el folclor y el buen gusto en general.

En un próximo artículo analizaremos las causas de la vehemente necesidad masculina de ser infiel… No se la pierdan…Y si se la pierden, aténganse a las consecuencias.

martes, 9 de agosto de 2011

Etapas de San Valentín


No todos los sanvalentines se celebran igual, pues la vehemencia con que los hombres abordan tan pintoresca fecha está en relación directamente proporcional con el entusiasmo que le inspire su pareja del momento. Por cierto, resulta curioso que a ningún hombre se le haya ocurrido preguntarse por qué diablos en esa fecha tiene que gastar la mitad de su sueldo comprándole cosas a su pareja para demostrarle que la ama cuando eso se supone, porque de lo contrario no andaría con ella ¿no?
Pero bueno, en todo caso ese no es asunto que nos ocupe (por ahora), así que en este texto nos limitaremos a ubicar a los hombres víctimas de San Valentín en cualquiera de las siguientes etapas:
Etapa mártir
Tiene vigencia durante el primer año de relación, cuando el prospecto se encuentra aún en evaluación por parte de ella y su grupo de amigas, que siempre están cerca para darle sabios y claros consejos acerca de cómo ser feliz en su relación, consejos que ellas toman de propia y exitosísima vida amorosa. 
En esta etapa, con el fin de ganarse la buena voluntad de las compinches de su pretendida el candidato cargará con ellas a todas partes y aguantará a pie firme horas y horas de animada conversación femenina acerca de hombres que no las mirarán nunca y toda clase de comentarios malignos acerca de mujeres que ellas consideran despreciables (las parejas de estos mismos hombres), mientras sonríe como un caballo, con las encías al aire, aunque en el fondo no haga sino rogar por un litro de kerosene y un par de fósforos, para incendiar a las tertuliantes.
Además, en esta etapa nuestro galán será radiografiado en otros aspectos, como que no sea demasiado bruto, que tenga capacidad económica, una personalidad manipulable y una vida social no excesivamente intensa, con el fin de evitar que se entere de la reputación de su señorita novia como striper improvisada en algunas discotecas o la historia de su primer premio en el certamen “Miss Tanguita Feliz”, celebrado en un amplio local, exclusivo para camioneros.
Etapa romántica
Ya como novio oficial, a nuestro héroe no se le ocurrirá nada mejor para celebrar su flamante condición que aparecerse en casa de su amada con un inmenso ramo de flores que le costó ambos ojos de la cara (uno por el precio y otro porque una abeja le picó el párpado) y media hora antes de lo previsto, con el fin de darle tiempo para el descalabro emocional de rigor y para que pueda llamar a sus amigas y promocionarlo como el hombre ideal, lo cual es muy importante (para él) por si alguna vez quiere tramitarse a alguna de ellas (que sí va a querer).
Después, el itinerario de siempre: compartir una cena ligera, una casual caminata por algún lugar romántico cercano a un hotelito que coincidentemente tiene una reservación con su nombre; luego, el catalizador “Te amo”, el enervante “Te necesito” al que se agrega un poquito de sazonador erótico-verbal para rematar con el clásico “Tú tranquila, que no pasará nada”, que deriva en los labios anhelantes, las manitos traviesas y el calzoncito complaciente…
Tiempo después, la regla que no viene, el ginecólogo fatalista, el padre furioso, su revólver cargado, el matrimonio intempestivo, los pañales pestilentes, los llantos a medianoche, las ideas suicidas, etc., etc., hasta que la muerte los separe.
Etapa cursi
Estadío previo al matrimonio, en esta etapa el ahora novio prueba las mieles del amor con regularidad, a consecuencia de lo cual piensa con las hormonas y es capaz de mentecatadas profesionales como aparecerse en casa de ella vestido de marichi, así sea made in Caxamarca.
Increíblemente, el novio en etapa cursi tiene la capacidad de lograr niveles aún más estratosféricos de chabacanería, enriqueciendo la velada con poemas de su inspiración (cuyos versos haría repicar los huesos de Vallejo como castañuelas de zarzuela), para culminar su recital arrodillado, con un anillo en una mano, una flor en la otra y la palabra matrimonio entre los labios, con lo cual alcanzará con sobrado merecimiento un lugar de privilegio en el Olimpo de la huachafería.
Etapa práctica
Tiene lugar cuando la pareja ya está casada y el romanticismo del ahora marido se limita a una tarjetita con algún mensaje convencional que le viene de regalo junto con las publicaciones culturales (play boy y otras por el estilo) que acostumbra comprar en una librería cercana a su casa, misma que frecuenta no sólo para enriquecerse intelectualmente sino para pronunciarle a una joven despachadora el viejo discurso de que tiene problemas con su mujer, que se siente solo y que está esperando el momento oportuno para separarse, mismo que podría ser cuando Perú clasifique a un Mundial.

El misterio del Día de San Valentín


El mes de febrero tiene la misteriosa facultad de convertir la mente de muchos hombres en un crematorio neuronal capaz de llevarlos a cometer locuras como empeñar las medias o vender un órgano (ubicado de la cintura para arriba, para no chocar con el órgano del romanticismo masculino, ubicado una cuarta debajo de la correa) en aras de cumplir con los caprichos de la actual dueña de su corazón y futura dueña de su sueldo.

Ella, por su parte, vive esta temporada convertida en una repetidora de frases, indirectas y miradas lánguidas destinadas a meterle bien en la cabeza (a él) una idea clara del regalo que más le conviene (a ella), en el marco de una sutil estrategia femenina muy  comprensible si consideramos el criterio catastrófico que tiene el hombre para escoger cualquier cosa (pareja, sobre todo).

Esto porque, si la mujer deja al hombre libre albedrío para elegir su presente del “Día de los Enamorados” (¿?) se expone a pasar la fecha viendo una pelea de perros o recibiendo como obsequio un guante de box (con una mano adentro, en el caso de los estudiantes de anatomía).

De otro lado, el asunto del regalo reviste vital importancia social para la mujer, pues buena parte de su prestigio en el grupo de sus mejores amigas (o sea aquellas que la critican a sus espaldas) dependerá del costo del “detalle” que el “gordo” o su “amor” le haya podido comprar como prueba de romanticismo y de que la valora como se merece (¿?)

Muchos hombres (los tacaños, sobre todo) piensan que la originalidad del obsequio (un nabo en forma de corazón, digamos) debería ser tomada en cuenta por la mujer a la hora de calificarlo, pero este criterio es inaplicable al macho promedio, que tiene menos inventiva que un minutero, por lo cual sus típicos regalos de San Valentín son:

Flores

El enamorado convencional regala flores como lo hacen los varones de su familia desde hace más de 100 años, cuando la costumbre fue iniciada por el tatarabuelo, desaparecido trágicamente justo un 14 de febrero, cuando dormía rodeado por los arreglos florales con que pensaba obsequiar a su esposa por sus bodas de oro y fue sepultado vivo por sus vecinos, quienes creyeron que lo suyo no era siesta sino velorio.

Dulces y chocolates

Último recurso de quienes olvidaron comprar regalo y buscan evitarse el cóctel de llantos, recriminaciones y peroratas autocompasivas (“a todas les regalan cosas menos a mí”) con que las mujeres suelen sancionar estas terribles negligencias.
Cabe anotar que si bien los dulces y chocolates son eficientes salvavidas (pues son baratos y se los encuentra uno en cualquier tienda) tienen como efecto secundario el progresivo ensanchamiento de la comensal, quien cuando su pareja menos se lo imagine habrá superado exitosamente la barrera de los 80 kilos, como una manera de castigarlos (a él y a su columna) por su tacañería y desconsideración.

Peluches

El hombre convencional siempre ha tenido una fijación con el asunto del tamaño, mismo que en el caso de este tipo de regalo se manifiesta en el afán de muchos varones por sorprender a su pareja con uno grande (un peluche grande, quiero decir), como una forma de compensar otras pequeñeces no evidentes pero sí lacerantes para él. Por una misteriosa razón, estos obsequios desmesurados son muy populares entre los que viven pendientes de su auto o se preocupan por tener el más reciente modelo de celular.

Tarjetas

Recurso típico de quienes les importa un cobre San Valentín y debido a ello sólo regalan lo indispensable para evitarse el episodio depresivo (en algunos casos auténtico) que experimentan muchas mujeres que se sienten “olvidadas” en esa fecha.
En general, quienes regalan tarjetas son hombres que ya no aman a sus parejas u hombres ya casados con ellas, que viene a ser lo mismo.

domingo, 7 de agosto de 2011

La Joven Moderna

SUS ORÍGENES

Comenzaremos hablando de la madre del cordero: La Mujer Actual.

La Mujer Actual existe gracias al mito de la realización femenina, o sea el cuentazo que les vendieron a las hijas de Eva revistas como COSMOPOLITAN, VANIDADES y GISELA para que estudien, consigan trabajo y luego gasten su sueldo en las cremas, joyas, zapatos, relojes y perfumes que se publicitan en sus páginas como parte del llamado Ajuar de la Mujer Actual (¿?).

Así, tras arduos años de lucha por la igualdad la mujer logró independizarse económicamente del macho silvestre (que ellas conocen vulgarmente como “marido”) sólo para pasar a ser esclavas de la moda impuesta por los medios de comunicación, que les pertenecen exclusivamente a los hombres.

En este aspecto, la buena noticia para los machistas es que, por más que les expliquen esta simple verdad, las mujeres se niegan rotundamente a creerla.

Ahora, como anuncia el título del artículo, en este texto nos dedicaremos sólo a un arquetipo femenino, el de la Joven Moderna, a quien intentaremos desnudar en algunos de sus ángulos más notables, ya que no podemos desnudarlas en ningún otro modo. Así tenemos:

INTELECTUAL

La Joven Moderna lee casi exclusivamente todo texto que le dé claves –que ella llama “tips”- para conquistar al hombre ideal (guapo y con plata o guapo y con la ambición suficiente para conseguir plata en poco tiempo), complacerlo en la cama y conservarse joven y turgente con el fin de mantener su interés en caso de tener uno (si lo tuviera) o interesar al candidato que tienen en la mira (que lo tiene como que existe Australia). Estos sesudos estudios los complementan con catálogos de Unique, Leonisa y Ebel, repletos de productos para resaltar su belleza, hacerla atractiva y cumplir, gracias a ello, con el Sueño del Novio Propio.

ESPIRITUAL

La Joven Moderna se considera igual al hombre en todos los aspectos, aunque esta creencia no se aplica en casos específicos como pagar las cuentas o cargar cosas. Su visión de la vida incluye tener un matrimonio perfecto, en el que su marido se comporte del modo adecuado (es decir del modo que ella desea), una vejez en la que ella aparece regia, con exitosos hijos viviendo en el extranjero (a donde viajará regularmente para irse de “shopping”) y devota a la memoria de su difunto primer esposo, que compró la enorme casa donde ella vivirá en una permanente luna de miel con su nueva pareja, 30 años menor.

SENTIMENTAL

Escucha música que considera romántica (es decir aquella en la que se sufrió, se está sufriendo o se va a sufrir por alguien), cree en el amor eterno, adora lo que llama “detalles” (regalitos, tarjetitas y, en general, cualquier cosa a la que le asiente el diminutivo) y delira ante todo gesto que la haga sentir la única mujer del mundo o el centro del universo de alguien.

Cuando se refiere a su pareja usa los términos “gordo” (sector A) o “amor” (sector B que busca aparentar ser A). Es celosa “sólo cuando hay motivo” (o sea siempre) y por lo general está sufriendo, añorando o pendiente de la vida de alguna pareja del pasado.

MORAL

La moral de nuestra engreída es directamente proporcional a la posición que ocupe respecto de una determinada situación. Así por ejemplo, si ella coquetea con alguien que le resulta atractivo es una chica audaz; si la que coquetea es otra, es ruca. De igual forma, si ella se encuentra o sale con su “ex” lo hace porque “son sólo amigos”; en cambio, si quien sale es su pareja “el muy perro se quiere tirar a la maldita, porque así son todos los hombres”. En otro caso, si la mirada de ella es atraída por algún hombre en la calle es producto de una inocente y científica necesidad de apreciación y porque, después de todo, no hay nada de malo en mirar. Por el contrario, si es la mirada de un hombre la atraída por alguna mujer es fijo que el degenerado está pensando en tirarse a la fulana, nuevamente “porque así son todos los hombres”.

SEXUAL

Detesta ser considerada un “objeto sexual” (aunque toda su estrategia en cuanto a cuidados, mantenimiento, ropa y conducta está diseñada para eso) y vive convencida (con razón) de que los hombres sólo piensan en “eso” (que es como muchas de ellas denominan al sexo). Es casi invariablemente incapaz (por lo menos de dientes para afuera) de separar al sexo del amor y, en la cama, no sólo busca hacer creer a su pareja que tiene poca experiencia (“para que no piense que soy una recorrida”) sino que engaña al pobre con el conocido discurso según el cual “tú eres el mejor, grandulón” (así el tipo sea small por anverso y reverso), algo que el hombre promedio (necesitado de reafirmar permanentemente su virilidad justamente porque no está seguro de ella) cree candorosamente.

RELACIONAL

Las mujeres aparentan tener una conciencia colectiva según la cual todas hacen causa común para rescatar de la miseria a alguna que haya sido víctima de la insensibilidad o patanismo de alguien, aunque en realidad lo único que la mayoría busca es solazarse con la desgracia ajena, tener una excusa para meter su cuchara en la vida de los demás y dar rienda suelta a su propia necesidad de sentirse importantes para alguien, debido a su incapacidad de sentirse importantes para sí mismas.

Una vez solucionada la crisis, las mujeres vuelven a su comportamiento usual: hacerse leña entre ellas.

En otro aspecto, es notable la paranormal habilidad femenina para transmitir información. De lo que se entera una mujer se entera el resto de su grupo de referencia con una velocidad que sorprendería a una bala y que desde la aparición de los celulares ha alcazado niveles supranacionales, particularmente si se trata de la vida de sus ex.

Esto es todo lo concerniente a esta tipología. Para la próxima analizaremos a la novia, a la recién casada o a cualquier mujer que se nos ponga a tiro... Siempre y cuando no seamos nosotros los que nos pongamos a tiro de cualquier feminista sin correa que haya leído este artículo y maneje pistola.

Hasta entonces

El Hombre Contemporáneo


ORIGEN

Está demostrado que el hombre evolucionó (¿?) desde el mono hasta el animal actual gracias a las mujeres, quienes un prehistórico día se reunieron para diseñar una nueva forma de vivir que las sacara de las cuevas y terminara con su dieta a base de pulgas.

Se les ocurrió entonces domesticar al macho, que hasta ese día ocupaba el lugar del perro en el escalafón familiar. Para ello lo bañaron, peinaron y perfumaron, le enseñaron a hablar y, como toque final, lo convencieron de que era el HOMBRE, es decir quien tenía la fuerza. Y junto con ello le enseñaron que esa fuerza debía ponerla siempre al servicio del más débil.

¿Y cuál es el sexo débil?

Exacto, adivinaron.

Desde entonces han transcurrido unos 120 mil años (minutos más, minutos menos), lapso en que las mujeres fueron complejizándose a diferencia del hombre, cuyo cerebro permanece estancado en aquellos días, debido a lo cual –por un mecanismo adaptativo rudimentario, fruto de su feroz necesidad de aparearse con la mayor frecuencia posible- ha debido compensar dicha desventaja intelectual adoptando una serie de morisquetas y aspavientos conductuales destinados a llamar la atención de su contraparte de colchón, que en cuestiones evolutivas le lleva una ventaja equivalente a la que actualmente diferencia a la selección de España del Alianza Atlético de Sullana.

Según el uso de estas estrategias, el Hombre Contemporáneo puede ser clasificado en:

EL PALABRERO (Homo florus)

Se caracteriza por narcotizar a sus víctimas con jarabe de lengua. Paradójicamente, el Palabrero es quien menos tiene que decir, así que en la primera etapa de su rutina recurre a frases hechas como “Eres la mujer más especial que he conocido”, “Nunca había visto a alguien tan hermosa como tú” y “Eres diferente a todas las demás”, tan originales como los DVD que venden a dos soles en Zona Franca.

En la segunda etapa, nuestro engreído cambia la temática por enlatados como: "Sabes que yo nunca te haría daño” y “Es momento de pasar a otra etapa en nuestra relación” para -una vez logrado su objetivo copulativo- finalizar la jornada con el aletargante “Nunca había sentido algo así con nadie”.

Por último, en la parte culminante de su actuación (pocos días después de la etapa anterior) el Palabrero apela a refritos como: “Siento que las cosas ya no son como antes”, “Debemos darnos un tiempo”, “Creo que lo nuestro fue un error” y, para quedar bien, el ya clásico “Te juro que jamás te olvidaré”, que cumple religiosamente hasta que encuentra a otra ingenua, entre 48 y 72 horas después.

EL CURSI (Homo ridiculus)

A pesar de ser un desprestigio para el género humano en general, algunas mujeres tienen debilidad por este tipo de seres. El Cursi es reconocible por su atuendo insufriblemente formal, su preferencia por intérpretes tan soporíferos como Arjona, Luis Miguel o Gianmarco y su tendencia a desperdiciar plata en peluches, tarjetas y presentes que denotan la misma carencia de originalidad que sus ídolos musicales.

Este arquetipo conductual masculino no sólo encarna un crimen para creatividad, la estética y la poética, sino que representa un peligro para la salud pública, porque como acostumbra a regalar flores (que se pudren al tercer o cuarto día) está catalogado en la misma categoría del zancudo Aedes aegypti, en cuanto a su calidad de agente transmisor del dengue.

Frase clave para identificarlo: “Te amo demasiado”.

EL MUJERIEGO (Homo arriolus)

A diferencia de los dos arquetipos masculinos antemencionados, que son puros –porque la charlatanería y la huachafada les vinieron en los genes-, el Mujeriego es un imitador que adopta características conductuales de otras subespecies en aras de satisfacer su insaciable apetito por la carne femenina.

De reflejos camaleónicos, para conseguir presas el Mujeriego se adaptará a los requerimientos de su circunstancial víctima. Así, si lo que ella busca es alguien sensible, él confesará entre suspiros que lloró como un hindú mientras veía Titánic; si ella prefiere un tipo agresivo, él le buscará pleito al primer inválido que se cruce en su camino; si apetece intelectuales, esa misma noche el Mujeriego combinará una y otra vez  las cuatro o cinco frases de Coelho que leyó en las calcomanías de los autos donde acostumbra viajar al prostíbulo de El Milagro y, por último, si lo que anhela su víctima es un hombre tímido y sin experiencia, transmutará en un chico de su casa, que no sabe lo que es una mujer y sigue asistiendo emocionado a fiestas infantiles a pesar de bordear los treinta.

EL POBRECITO (Homo mongus)

Subespecie peligrosísima. Aunque parezca inconcebible, el Pobrecito es aún peor que el Cursi, porque éste siquiera invierte en su estrategia (las flores son carísimas, a menos que sean robadas del cementerio), mientras este engendro además de huachafo es tacaño, porque en aras de conseguir sus colchoneros fines sólo emplea los recursos histriónicos necesarios para presentarse ante su presa como una víctima de las mujeres, que en algún momento se aprovecharon de su candidez y ternura para hacerle daño, para herirlo, para pagarle mal por su amor. Todo ello con el fin de inspirarle lástima de modo que poco a poco vaya bajando la guardia hasta que –cuando vuelve a la realidad- está esperando a su tercer hijo del Pobrecito.

EL PAÑO DE LÁGRIMAS (Homo mocus)

Subespecie vampírica, el Paño de Lágrimas se caracteriza por rondar –como los buitres- relaciones agonizantes  a las que en no pocos casos contribuye a disolver con algún “consejo de amigo”. Logrado esto –y encontrándose su presa emocionalmente vulnerable- el siguiente paso será volverse indispensable: donde ella pose la mirada estará él, como un boy scout, siempre listo para consolarla, engreírla y sonarle los mocos. Todo con la lujuriosa intención de arrimarse cada vez más a la desprevenida, que un buen día (recordemos que entre el dolor por la pérdida de su relación y los mensajes subliminales a que diariamente es sometida por su “paño de lágrimas”  tiene el cerebro convertido en un relleno sanitario emocional) se sentirá enamorada de él, de su “mejor amigo”, de su “confidente”, quien –rápido como una serpiente- aprovechará el momento para confesarle que siempre sintió algo especial por ella, que son almas gemelas, que un clavo saca a otro clavo, que conoce un hotelito barato y discreto donde podrían conversar mejor y… en fin, la historia de siempre.

EL PITUCO POBRE (Homo misius)

Al revés de lo que ocurre con el Cursi, que invierte en dádivas para atraer a la mujer que le interesa, el Pituco Pobre invierte en bienes suntuarios para lograr ese mismo objetivo. En el caso del Perú, un individuo de esta subespecie es fácilmente identificable por un rasgo inequívoco: un auto de medio pelo que compró a plazos y que sólo saca de la cochera cuando quiere apantallar a alguna desprevenida.

Por lo general, dado que la gasolina es cara el Pituco Pobre suele asociarse con algún otro Pituco Pobre para salir en parejas y pagar a medias el combustible. Se trata de una subespecie poco peligrosa, pues son fáciles de identificar para las mujeres, quienes los utilizan más que nada como choferes gratuitos, mientras encuentran a un hombre de verdad.

EL METROSEXUAL (Homo sexualis)

Especie  sumamente perniciosa para las mujeres, no tanto por sus oscuras intenciones respecto de ellas cuanto por la competencia que les significan en el uso de los mismos accesorios de belleza (cepillos, rímel, base, cremitas humectantes y hasta calzoncitos tipo tanga, en los casos más agudos).

Las opiniones científicas respecto a las motivaciones conductuales de esta subespecie están divididas. Algunos tratadistas suponen que lo que busca el Metrosexual con el esmerado cuidado de su apariencia es atraer al sexo opuesto (que en este caso no lo es tanto), mientras sus discrepantes señalan que el Metrosexual casi nunca frecuenta mujeres (a no ser para pedirles un cleenex o pomadita astringente) y más bien se agrupa a otros de su gremio para hablar de ropa, palparse los músculos e intercambiar tips de belleza.

Otras actitudes sospechosas de esta viril especie son su tendencia a frecuentar discotecas de ambiente (jurando que lo hacen sólo porque les gusta la música) y a depilarse en pareja.

Y bueno, amigos de la Crónicas de Contempo, esto fue todo. Pero no se preocupen si consideran que este estudio requiere una ampliación en otro número, porque hay muchísimas más subespecies masculinas por describir. De hecho, la taxonomía en este campo es tan infinita como deprimente…